La pertinencia de las señales
de tránsito contempla el valor coherente de la razón. No se puede vivir en
sociedad, cuando los integrantes de la misma no son capaces de someterse a las
normas que regulan un mundo organizado. Si estas permiten la regulación eficaz
del tránsito terrestre, no se debe hacer caso omiso de las mismas.
Son muchos los
acontecimientos desastrosos, que han tenido algún lugar a lo largo de la
historia humana, y han dejado muchos recuerdos penosos; y todo por no fijar la
atención en la advertencia de una señal.
Cuenta la historia, que en
cierto pueblo de Arizona, hace ya muchos años, unos adolescentes descubrieron
un lago a unos kilómetros de distancia de donde ellos vivían; y decidieron
darse un chapuzón.
Cuando llegaron al lugar del
lago, no repararon en la advertencia de una señal, y procedieron a bañarse. El
lago estaba cercado con alambres de púas. Uno de ellos levantó una de las
líneas del alambre, mientras los demás pasaban; pero se olvidaron del muchacho
más pequeño, que andaba con ellos, y se había quedado atrás.
Uno de ellos dijo a voz en
cuello: “Todos al agua”. Y otro lo secundó diciendo: “El último en tirarse será
una vaca”.
Cuando todos comenzaron a
gritar en el agua, al sentir el dolor de las mordidas de serpientes venenosas,
uno de ellos dio voces al muchacho que se había quedado atrás, y se había
demorado más por uno de los alambres de púas, que le rasgó el overall: “Samuelito,
no entre al agua, hay serpientes venenosas”.
Esa noche hubo tres velorios
en aquel pequeño pueblo, y todo por hacer caso omiso a la advertencia de una
señal.
Y es por cosos como éste, que
no se debe hacer caso omiso a la advertencia de una señal.
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